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Este Berlín es uno de tantos otros, un Berlín que existe, que existió y que existirá. O, al menos, lo hace, existir, en la cabeza del colectivo From dub to dub. Tal vez nunca vuelva o, quizás, permanezca para siempre entre nosotros.
Este Berlín se construye a través de tres momentos musicales y dos escenas cinematográficas.
Empezamos por la pieza que se refiere solo al audio, como si de un montaje se tratara.
Voces lejanas, diferentes ruidos de lo que parece ser una cafetería: tintineos de tazas, de cucharas, una maquina de café…todos los sonidos ceden en pocos segundos… y entra la voz inconfundible de Lou Reed.
“In Berlin, by the wall, you were five foot ten inches tall; it was very nice, candlelight and Dubonnet on ice…”
Berlín es la canción que abre el disco de homenaje con el mismo nombre (Berlín, 1973) del neoyorquino a la capital alemana. Álbum melancólico y extraño. Lou Reed retrató la vida y ambiente de la ciudad tirando de pura imaginación ya que, realmente, nunca había estado allí.
Al oír este tema recordamos y, al mismo tiempo, nos imaginamos (que alguien me explique cómo se puede distinguir entre esas dos fronteras que nos acercan al pasado) las calles adoquinadas, poco cuidadas, en las que transita muy poca gente. Los árboles frondosos, que con sus amplias y desordenadas copas cubren las calles de un verde esperanza arrollador. Una chica, con una bicicleta antigua y vestida de manera desaliñada, gabardina y coleta, pasa a nuestro lado….nos invaden la soledad, el misterio y la expectativa propias de una jornada en la que no hay ningún plan establecido. El momento en el que todo o absolutamente nada puede pasar.
La segunda pieza de este montaje sucede en el atardecer de un mes de noviembre. Nuestro mes favorito. Porque es en este mes es cuando caen las hojas, cuando todo parece perdido y solo queda la fe en un renacer totalmente diferente.
Bruno Ganz, o uno de los dos actores principales de “El cielo sobre Berlín” (Wim Wenders, 1987), deambula por uno de esos barrios de la zona este en los que te encuentras casas okupas y edificios medio derruidos convertidos en garitos. Escucha música al pasar cerca de uno de ellos y decide entrar. Un público con aire atormentado no quita ojo del escenario. Es un local oscuro y está completamente abarrotado. Sólo dos lámparas de estilo retro permiten ver al cantante en el que todos se fijan. La música suena a fortaleza medieval, a lucha en medio de la fatalidad. Parecen los aullidos de un lobo herido. Es Nick Cave. Uno de los maestros de la melancolía post-punk. A pesar de estar tan juntas las personas que asisten al concierto no se comunican. El ángel, el actor, se percata del aislamiento de cada individuo mientras recorre con curiosidad el resto del local.
Las colas kilométricas del club Tresor o Panorama son algo parecido. Grupos de personas o gente sola que parece vivir en una burbuja. Las risas rebotan contra el vacio, las palabras son huecas. Solo un gesto o una mirada pueden salvarnos del desastre.
La tercera y última de estas piezas es más cruda. Concierto de Bowie a finales de los 80. Cristina-F. Película de culto. Escenas durísimas. Historia real. Heroinómana de 16 años presencia la actuación de su ídolo. Inolvidable su chaqueta con las letras de Bowie grabadas en la espalda. Bowie canta uno de los temas de Low. Uno de los tres álbumes que compuso en Berlín. Su época más industrial, más techno. ¿Más dura? Juzguen ustedes mismos.

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