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Muchos eran los oficios errantes que recorrían los caminos de nuestros pueblos para ganarse el pan. Desde El Buscador, una vez más, hemos querido recopilar algunos que ignorábamos que existieran, pero que a la vez que curiosos refrescarán la memoria a muchos de nuestros abuelos. Además, deseamos rendirles un homenaje a todos los que transitaban los caminos, en la mayoría de los casos con toda su prole, en unos tiempos que aunque están a la vuelta de la esquina se nos antojan tan lejanos…


El Sustanciero: Cuando nos hablaron de este personaje, no pudimos más que ponernos a investigar, porque parecía más un oficio imaginado por algún mozo en una tarde de cantina, que una profesión real, aunque luego nos dimos cuenta que a este hombre lo habían mandado al paro los de Avecrem. Para que ustedes lo entiendan hemos incluido la definición que incluye Luis Felipe Lescure en su Diccionario Gastronómico:
Sustanciero: “Personaje que provisto de un hueso de jamón iba por casas, introduciéndolo en las ollas para darles sabor”.
También Julio Camba, lo referenciaba en un artículo de 1949
“— ¡Sustancia! ¿Quién quiere sustancia para el puchero? Traigo un hueso riquísimo.
De vez en cuando una pobre mujer que tenía al fuego una olla con agua, sal, dos o tres patatas y un poco de verdura, lo llamaba.
—Déme usted una perra gorda de sustancia —le decía— pero a ver si me la sirve usted a conciencia. El domingo pasado retiró usted demasiado pronto. —No tenga usted cuidado, señora —le respondía el sustanciero—. Ya verá qué puchero más sabroso le sale hoy.
Y, cogiendo con su mano derecha el cordel a que estaba atado el hueso de jamón, introducía éste en la olla, mientras, con la mano izquierda, sacaba un reloj, para contar los segundos que pasaban. Supongo que si un día se hubiese equivocado introduciendo en la olla el reloj —que tenía, al efecto, una cadena muy a propósito— en vez de introducir el hueso, el resultado hubiese sido más o menos el mismo, pero no se equivocaba nunca y, cuando el reloj marcaba el término de la inmersión, el sustanciero reclamaba su perra gorda y se iba en busca de nuevos clientes.”
“El tío los fideos o Fideero”: Un par de veces al año o en ocasiones especiales, visitaba el pueblo, “el tío los fideos” y con la harina de centeno que le proporcionaban en cada casa y con una fideera (algo parecido a las máquinas para hacer pasta fresca actuales), hacía “insitu” unas cuantas madejas de fideos, que luego pasaban a colgarse de los varales de los chorizos, para que secaran y así tener la pasta para la sopa, para una temporada. Se solían juntar varias familias para hacerlos juntas, por ejemplo, los de mi tía Nieves, siempre los colgaban con los de mi abuela Sofía y según me cuentan les daban un poco de humo antes de guardarlos en las arcas, envueltos en unos paños de lino “muy limpines”.

“El pellejero”: Las pieles eran un ingreso muy importante y en la casa que había mozos, era raro que no montaran algún lazo poniendo como reclamo “ pan torrao” para intentar atraer a la raposa, porque los pellejeros las pagaban muy bien. Se vendían también las de castrón, vaca, oveja… y no se vendía la de la suegra, porque era muy peligrosa en las distancias cortas. Y el pellejero recorría así los caminos albardado de pieles, hasta su próximo destino.
“El estañador”: El que solía visitar mi pueblo, era ambulante, no tenía casa y venía con toda la familia, solían instalarse en la casa del horno por una temporada, pues el estañador era un oficio muy demandado, ponía asas a las latas de conserva para convertirlas en calderos, arreglaba potas y todo lo que tuviera agujeros ya fuera un tanque o un plato, estaba la cosa para tirar. Me dice mi padre que el que tenía una botella, tenía un tesoro.
Continuará……