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Puede que haya todavía quién se pregunte por qué continúa la impresión y la encuadernación de libros cuando existen otras formas más baratas y rápidas de transmitir la información: libros electrónicos, tablets, móviles y ordenadores. Es una obviedad señalar que solo con un click podemos enviar nuestro informe, nuestra memoria, nuestra tesis, o nuestra novela a miles de personas en todo el mundo. No vamos a negar aquí las virtudes de las tecnologías digitales, lo que sí vamos a hacer es resaltar el valor de los libros tradicionales, y destacar que el libro de papel sigue teniendo una funcionalidad y unas virtudes que no han sido todavía superadas.

En verdad, la producción editorial sigue estando dominada por los libros tradicionales, y no hay indicios que nos lleven a pensar que la situación va a cambiar mucho en un futuro próximo. De hecho, los lectores en nuestro país prefieren de manera abrumadora el libro clásico al e-book: 8 de cada 10 libros vendidos en España lo son de papel. Pero no solo hablamos de cifras y de dinero. Después de un primer momento en el que las nuevas tecnologías atrajeron la atención de los lectores, se observa un movimiento de reflujo hacia el libro de toda la vida.

El libro físico es, literalmente, un volumen, un objeto con personalidad propia que se diferencia de un título a otro. Eso propicia que su propietario se identifique con él, con todo el valor que eso añade a la experiencia de la lectura. Imaginemos por un momento la respuesta afectiva de alguien que acaba de aprobar su tesis al ver “su” copia recién salida de la imprenta. De ninguna manera un pdf provocará la misma reacción. El contenido y el significado del ejemplar se conjuran para convertirlo en algo más. Por eso mismo un libro es uno de los objetos más propicios para ser regalado.

Por otro lado, el libro clásico tiene una garantía de perdurabilidad demostrada por la historia. Como prueba de ello solo es preciso decir que las bibliotecas y las librerías están llenas de libros de cientos de años (e incluso de miles). Un libro no se rompe cuando se cae y es poco probable que nos lo roben si nos lo dejamos en aquel café donde vamos a leer todas las tardes. El uso suele otorgarle más valor, es como si los libros usados nos ayudaran a releerlos: al darse de sí se abren por las partes más importantes y tienen las esquinas dobladas allí donde han sido consultados con más frecuencia.

Un libro no necesita de ningún artefacto mediador, de ningún dispositivo. No necesita que le carguemos la batería ni que le demos a ningún botón. Se coge de la estantería o de la mesa y se empieza a leer, sin más. Su modo de uso es tremendamente flexible:  se pueden marcar, anotar, pegarle posits, saltar de parte a parte con gran rapidez y con un simple gesto de la mano, y como saben todos los estudiantes, la visualización de esquemas, gráficos y fotografías es más sencilla que con un e-book y a la altura de una buena tablet.

La ciencia también nos enseña los beneficios de leer en papel. La relación entre un volumen impreso y la pantalla táctil es la misma que hay entre un objeto tridimensional y uno plano. De la misma manera que en una calle real nos orientamos mejor que en un mapa, así pasa con un libro. Por el grosor sabemos lo que hemos leído y lo que nos queda por leer, los márgenes dan una tregua a nuestra vista, y la disposición de la página y la tipografía singularizan nuestra lectura haciéndola más memorable. Incluso es muy sencillo saltar de un parte a otra sosteniendo con un dedo la página de origen y con otro la de destino.

Un libro proporciona estímulos a cuatro de nuestros cinco sentidos: el sonido al hojearlo, el olor de las hojas y el cuero, el tacto del papel y de la cubierta y la vista de las fotos y las ilustraciones. Y por si esto fuera poco un libro se puede dedicar. ¿Alguien imagina a un autor de renombre firmando en la pantalla de un iPad su última novela?

¿Necesitas alguna razón más para imprimir y encuadernar tu próximo libro?