Periódico Gratuito | Viernes, 18/04/2014
EL BIERZO - LACIANA - VALDEORRAS

Psicología

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 Primero yo...y después yo

La Real Academia Española define el egoísmo como “Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”.

Desde la psicología insistimos en la importancia de tener una buena autoestima, de valorarse a uno mismo lo suficiente para poder afrontar con eficacia las situaciones de la vida. En una sociedad cada vez más competitiva es muy importante tener un buen concepto de uno mismo para ir a buscar trabajo, para presentar un proyecto en una institución, para aceptar las negativas, etc.  Claro está, que una buena autoestima es importante en los tiempos que corren, pero existe mucha gente que sobrepasa la línea de quererse a sí mismo en su justa medida y se sitúa en el bando contrario, el del egoísmo. Como describe la definición de la RAE, estas personas sienten un amor desmesurado hacia su propia persona y no les importa nada el resto del mundo, es decir que van a lo suyo y punto. Se han instalado en la filosofía de “primero yo y después yo”. Las actitudes egoístas se ven reflejadas todos los días en nuestra vida cotidiana: Una de las actividades más frecuentes en nuestra sociedad es la conducción, y en ella te das cuenta como cada vez vamos más a lo nuestro, a nuestro aire, sin pensar que no estamos solos por las calles o carreteras. Un ejemplo del despropósito egoísta en la conducción, es entrar en una de las miles rotondas que podemos encontrarnos en cualquiera de nuestras ciudades. Una acción que parece a priori sencilla se trasforma en una aventura de acceso al mundo de lo desconocido, ya que son muy pocos, por no ser exagerado y decir ninguno, los que ponen el intermitente (volviendo a la definición de la RAE “En un automóvil, luz lateral que se enciende y apaga con periodicidad constante y frecuente para señalar un cambio de dirección en la marcha”) para indicarnos cuáles son sus intenciones. Un dispositivo tan sencillo colocado en un lugar tan a mano del conductor y que nos aporta tanta información al resto de usuarios de las intenciones que uno tiene y que resulte tan olvidado. Este sencillo ejemplo nos advierte del egoísmo cotidiano en una actividad frecuente en las calles de nuestras ciudades, donde vamos a lo nuestro y no prestamos atención a los demás. Una acción egoísta que también sorprende todos los días (de lunes a viernes) en las ciudades, son los festivales egoístas que se montan todas las mañanas en las cercanías de los colegios. A estos sitios acuden padres y madres desde todos los lugares recónditos y alejados de la ciudad para dejar a sus niños/as en la puerta del colegio y aparcan (mejor utilizado “dejan”) sus vehículos en cualquier lugar (esta vez muchos de ellos sí que utilizan los cuatro intermitentes) sin importarles que el resto de personas tal vez debamos pasar por allá en nuestros vehículos. Escenas como esta seguro que nos vienen a más de uno a la cabeza muy cercana a nosotros. Tener un puntín de egoísmo es incluso recomendable en ciertos aspectos de nuestra vida, como podría ser el afrontamiento de una enfermedad o salir en busca de un trabajo, pero siempre con mesura. No son justificables las acciones egoístas porque sí, sin importarnos lo que pueda ocurrirles a los demás. Afortunadamente siempre conocemos en nuestro entorno gente que ha sabido despojarse del egoísmo para hacer de su vida un mundo volcado para y por los demás sin esperar nada más que el beneficio ajeno. Estamos muy próximos a las grandes fiestas del derroche y la opulencia en las que la fiebre consumista y absurda nos invade muchas veces con el disfraz del más puro de los egoísmos. Es también, curiosamente, una de las épocas en las que más aparecen en televisión programas dedicados a recaudar fondos para los pobrecitos necesitados. Extraña dicotomía la de estas fiestas. Terminaré con una frase del gran Quevedo “El que quiere en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en su vida”.

Juan Carlos Alcántara Amigo
Psicólogo

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