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En invierno los rayos de sol también pueden dañar nuestros ojos, por ello debemos llevar a cabo ciertos cuidados y por supuesto no olvidar nuestras gafas de sol.

Nuestras gafas de sol nos las debemos poner todo el año, en invierno también. Aunque los rayos del sol estén más alejados de nosotros, en ciertas circunstancias, como durante la práctica de los deportes más populares de esta estación como el esquí o el snowboard, resultan especialmente imprescindibles.
Estos deportes se practican en alta montaña y debemos saber que según aumenta la altitud, la atmósfera atenúa menos los rayos solares y por tanto, son más intensos y más peligrosos para nuestra salud. Pero, no es necesario ascender miles de metros para tener en cuenta este hecho, ya que, con tan solo 300 metros de ascensión, la intensidad de la radiación aumenta un 5 por ciento en comparación con la que recibimos a nivel del mar. Por tanto, proteger nuestro cuerpo de esta exposición es, si cabe, más importante en la montaña que en la playa, tanto si vamos a hacer algún deporte de invierno como si vamos a dar un paseo o jugar con la nieve, incluso en los días nublados.

Hasta de los 18 años el cristalino no se ha terminado de formar.
Los ojos de los niños son especialmente vulnerables al sol, ya que hasta que no cumplen los 18 años, el cristalino no se ha terminado de formar, por lo que deben usar unas gafas que les protejan adecuadamente de la radiación solar.
Los ópticos-optometristas indican que exponerse al sol sin protección durante la práctica de deportes de nieve puede originar importantes quemaduras en la córnea, retina y cristalino, provocando queratoconjuntivitis, úlceras crónicas y la aparición prematura de cataratas.
Algunos dolores intensos de cabeza, conjuntivitis y fotofobias anormales (intolerancia y temor anormal a la luz), están producidos directamente por la utilización de gafas que no disponen de los filtros adecuados para evitar el paso de la radiación ultravioleta a los ojos. Estas lesiones no aparecen en seguida, sino después de algunos años y en la mayoría de los casos son irreversibles.

Efecto espejo.
A la alta radiación que nos exponemos en la montaña hay que sumarle la presencia de nieve que provoca un “efecto espejo”, ya que refleja más del ochenta por ciento de la luz solar, incluida la radiación ultravioleta. Cuando esquiamos, gracias al uso de la máscara, este efecto no llega a nuestros ojos, pero cuando simplemente andamos en un entorno donde hay nieve no somos conscientes de este reflejo, por lo que podemos pasar varias horas recibiendo esta radiación in-tensa en nuestros ojos, sin darnos cuenta de lo perjudicial que puede resultar.

¡Cuidado! Las nubes no nos protegen.
Las nubes dejan pasar el 90% de la radiación ultravioleta. Es un error pensar que podemos prescindir de las gafas de sol un día nublado solo porque con las nubes la luz moleste menos. ¡No esquíes sin ellas!

El viento y la sequedad ocular.
En este entorno de nieve y alta montaña, existen otros agentes que también pueden impedir que veamos correctamente e incluso que produzcan daños en nuestros ojos como el viento. Cuando este impacta sobre nuestra cara favorece la sequedad ocular. Además, si el viento se combina con la presencia de nieve es muy probable que partículas y pequeños cristales de hielo entren en nuestros ojos, algo que debemos evitar porque incluso pueden dañar la córnea.
La sequedad ocular, el viento y/o la entrada de alguna partícula en el ojo pueden evitar que veamos correctamente, lo que favorece que tengamos una caída.

|Equipo Tu Visión