KOOZA: El arca de la luz del Circo del Sol

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Introducirse en un circo requiere inocencia, imaginación, sentido del humor y un amigo. Sobre todo, para poder mirar unos ojos que correspondan la emoción que el espectador llega a alcanzar en la pista del Cirque du Soleil. Por eso, compartir “Kooza” (cofre en sánscrito) con alguien que se aproxime a la confianza que la compañía regala en cada “más difícil todavía” de sus números, resulta clave para acudir a la gran carpa original, azul y amarilla, instalada en el Muelle de Osa en Gijón hasta el próximo 1 de septiembre.

Los integrantes de la compañía no serán amigos del alma pero el ambiente de camaradería lo parece. Algo tendrá que ver la puesta en marcha de la compañía en 1995, por Guy Laliberté, cuando con su programa Cirque du monde perseguía a través de técnicas de circo, el desarrollo de chicos y chicas en riesgo de exclusión social. Quizá por eso, la confianza en quien no suelta la mano en los momentos clave propone acudir al Circo  del Sol en la mejor compañía.

“Kooza”, un precioso cofre rojo que aparece al inicio del espectáculo, se abre para ofrecer un homenaje al circo clásico. La tradición del circo se observa desde el minuto cero en las rayas verticales y horizontales de un vestuario sublime que se adapta como un guante a cada número circense. Marie Chantale Vaillancour, creadora del vestuario, compuso más de 3.500 piezas con tejidos, tintes y técnicas procurando a la escenografía magia y mundos indescriptibles una vez vistos. Un trabajo de laboratorio ya que todos los trajes pueden lavarse en lavadora para no poner así en apuros económicos al espectáculo.

Y aunque el ritmo del espectáculo es preciso como las manecillas de un reloj, el espectador aún estará asombrado de entrada por las maravillas del sastre cuando aparece entonces, tras los lienzos que conforman el telón principal del escenario, el quiosco de música Bataclan.  Será entonces cuando la música comenzará a crear un paisaje sonoro paseando por el jazz, el funk y también ritmos de Bollywood que acompañará hasta el final del espectáculo.

Las «velas» que enmarcan la Bataclan se pueden abrir y cerrar como los pétalos de una enorme flor utilizando cuerdas y poleas manejadas por solo dos personas. Allí, los músicos consiguen acercarse continuamente a cada oscilación del artista durante los montajes y amoldan en directo su interpretación al ritmo que marque el número. Sensibilidad en grado máximo.

Y es a través de la música en directo donde comienza el inocente viaje del espectador como el vuelo de una cometa, inquieta y tensa. Las piruetas aéreas dispararán las ganas de volar, la concentración y el equilibrio sobre sillas la impresión de casi haberlo conseguido, el manejo de los aros las sensaciones de batir las alas al viento, los paseos por la cuerda floja  la sacudida del vértigo, el baile del monociclo será el trino del “aaah” “oooh”, y la rueda de la muerte le elevará la conciencia de la biomecánica y el estudio del comportamiento del cuerpo humano. Todo un tratado de ascensión al asombro y a la admiración de los números de danza, gimnasia, teatro, equilibrio, fuerza y esfuerzo.

Si el espectador no logra aterrizar, las contorsionistas servirán la inspiración para acurrucarse de nuevo en la localidad, como si fuera un nido de reconciliación con su propio cuerpo después de tanta tensión. Porque asistir al espectáculo “Kooza” es habitar la armonía de números ensamblados de carácter, habilidades y voluntad que alejan el miedo y acercan a la identidad y al reconocimiento social, pero también es un espectáculo que erosiona el aplomo del espectador, al menos durante los instantes que las miradas se retiran de la escena en los momentos más inverosímiles.

Una función más, el Cirqué du Soleil lo ha conseguido. Éxito. La carpa no presenta ninguna localidad vacía. Hasta aquí, de 73 artistas callejeros en 1984 a más de 5.000 virtuosos artistas hoy. Las 50 nacionalidades diferentes que componen la compañía han llevado la representación a más de 40 países de los seis continentes. Magia. El saludo final deja al espectador de pie. No vuela aunque sigue soñando, seguramente con volver a otro espectáculo mas pronto que tarde.

El Cirqué du Soleil apaga entonces las luces tras haber dibujado con sus fotones encuadres poéticos entre el compromiso y la creatividad de las elevadas ejecuciones gimnásticas. Fundidos delicados entre la armonía de un cambio de escena y el arte noble de sus payasos. Perspectivas luminosas, y a veces crepusculares, entre el valor y la magia de toda la compañía. Luz que lleva el Circo del Sol en sus representaciones y que ilumina las ideas, según reconoció David Shiner, creador del montaje del Circo del Sol, “el capital más valioso”, para El País Semanal https://elpais.com/elpais/2013/02/07/eps/1360239435_301595.html

En la penumbra de la carpa aún se vislumbra la tenue luz de sus candilejas, y es que el Cirqué du Soleil siempre será un resquicio de luz.

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