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Finalizó la farsa en el Parlament con una votación secreta que puso punto y final al aparente pulso de la Generalitat al Estado español. Unos miles (pocos) de fieles congregados por los ‘jordis’ (desde Soto del Real) y la CUP esperaban en el paseo Companys que, esta vez sí, los diputados constituyeran la república catalana y Puigdemont no la suspendiera, como había ocurrido el 10 de octubre. Tras otra sesión antidemocrática en el hemiciclo, 70 diputados de un total de 135 votaron anónimamente (por si acaso) a favor de constituir la república e instaban al gobierno de la Generalitat a iniciar el proceso constituyente. Habría resultado más emocionante que lo hubieran hecho enfundados en trajes de cofrades diseñados para la ocasión con capirotes estrellados.

Después de otra concentración de un centenar de alcaldes blandiendo sus bastones (convocados por la AMI) en las escalinatas del Parlament, los miembros del todavía gobierno de la Generalitat se reunieron en el Palau de la Generalitat. No han trascendido los detalles pero cabe suponer que, después de brindar con cava, dedicaron el resto de la jornada a aprobar la interminable batería de decretos que estaban listos para disponer el despliegue de los Mozos en fronteras, puertos y aeropuertos, y hacer los primeros nombramientos de embajadores en la ONU, la OTAN, Rusia, China,.. Entretanto, los republicanos más fervorosos (unos pocos miles) se iban congregando encapados con la estrellada frente al Palau para festejar la recién alumbrada república. En vano esperaron durante horas a que el doctor Puigdemont y la partera oficial de la república (Junqueras) salieran al balcón para izar la bandera y dar los vivas de rigor.

Republicanos anónimos (= JxS+CUP)

Puigdemont, Junqueras y Gabriel, fieles a su viscosa naturaleza, habían encomendado al diputado Torrent, sentado a la diestra de Rovira (ERC), que solicitara a la Presidenta del Parlament votación nominativa y secreta. El diputado Rodríguez (PP) indicó a la Presidenta que no podía cambiarse la fórmula ya empleada en las resoluciones ya votadas, a lo que Gabriel le respondió desdeñosa que la CUP estaba dispuesta a contravenir (excepcionalmente) el inquebrantable compromiso de su formación con la transparencia para “evitar la acción represiva del Estado”. La matriarca de la CUP olvidó aludir a otro principio sagrado de la formación antisistema y antieuropea: las leyes y los principios están para saltárselos. Forcadell, en su línea autoritaria, afirmó que el pleno es Borbón (soberano) y permitió que la votación fuera secreta.

Uno a uno acudieron prontos a la cita con la historia los diputados anónimos de Junts pel Sí, CUP, y los diputados de CSQEP, la amalgama de indignados comunitas de Colau y postcomunistas del PSUC. Coscubiela y Rabell mostraban su histórico NO a los fotógrafos arracimados bajo la tribuna, en tanto los partidarios de la secesión depositaban su voto oculto entre risitas y palmaditas nerviosas. Santa Rovira, aunque tampoco mostró su papeleta, la besó antes de depositarla en la urna. A buen seguro, los niños estudiarán en los colegios este ejemplar ejercicio democrático del ‘pueblo’ de Cataluña dentro de 200 años antes de entonar ‘els segadors’ en el patio del colegio. Puigdemont ya puede codearse con Clarís, Casanova y Companys en el altar del victimismo.

Pese a la impostada formalidad del acto en un hemiciclo semivacío, resultaba meridianamente claro que no habían parido un león dispuesto a lanzarse a la reconquista de los ‘països catalans’ sino un triste ratoncillo con flequillo y barrigudo. Los rostros de Puigdemont, Junqueras y Romeva, los capitanes del directorio republicano, al término de la votación con la mirada perdida en la tarima, siguiendo quizá al zigzagueante ratoncillo juguetón, sugerían que acababan de asistir a un triste funeral más que a un bautizo. Tal era su falta aparente de entusiasmo que Sobrequés prepara ya otro simposio titulado “República catalana contra Cataluña”. Aunque tal vez tenga que abandonar el proyecto por culpa del 155.

 Intervención minimalista

La resolución que aprobó el Senado el 27 de octubre para aplicar el artículo 155, apenas 45 minutos después de haberse constituido la república catalana, introducía modificaciones sustantivas al texto remitido por el Gobierno. Si bien se destituía al gobierno de la Generalitat y se desmantelaban algunos organismos encargados de la acción exterior, se contemplaban cambios significativos en los apartados C.3,  (“telecomunicaciones y comunicaciones electrónicas y audiovisuales”, y  D4 (“medidas dirigidas al Parlamento de Cataluña”). Rajoy confirmaba en su declaración institucional estos cambios y anunciaba la sorprendente convocatoria de elecciones autonómicas en 54 días, a celebrar el 21 de diciembre sin agotar el plazo de 6 meses previsto inicialmente.

Todo indica que Rajoy y Puigdemont (con anuencia de su sombra perenne) alcanzaron un pacto de no agresión que no me atrevo a calificar de pacto de caballeros, habida cuenta de la desleal trayectoria del dirigente secesionista. Puigdemont ha podido así cumplir su palabra de llevar a los secesionistas hasta la puerta de la república; y Rajoy la suya, al aplicar el artículo 155 y cesar a Puigdenont y su gobierno. Llama la atención que mientras Puigdemont rechaza su destitución y apela, en una alocución difundida por TV3, a oponerse democráticamente al 155, el Ministro portavoz le recuerde que ya no tiene poder alguno y le anime a presentarse a las elecciones autonómicas.

No me sorprende tampoco que sólo las diputadas (algo ilusas) de la CUP celebraran con cierto entusiasmo el advenimiento de una república que no se sostiene sobre el papel ni reconoce gobierno alguno en la Vía Láctea. Ni que los ciudadanos que comparten la ilusión (algo ilusa también) de una España conformada por ciudadanos libres e iguales, con vocación europea, sigan sintiéndose desamparados con esta aplicación minimalista del 155. Aunque el cese de Puigdemont y sus consejeros constituye motivo de satisfacción, cuando levantamos la mirada del ratoncillo no encontramos demasiados motivos para celebrarlo.

 

Allá películas

El aspecto de Barcelona el sábado por la mañana era tan tranquilo y anodino –se nota el bajón de turistas– que nadie hubiera dicho que el Parlament había dado la puntilla al odioso Borbón y Cataluña había amanecido constituida en republica independiente. ¿Mucha cava y bourbon, quizás? Quiero decir con ello que la proclamación de la independencia en nada ha cambiado el discurrir de la vida en Barcelona, ni en ningún otro rincón de Cataluña, exceptuando la folclórica retirada de la bandera española en los Ayuntamientos de Gerona y Sabadell. Mañana el Gerona juega contra el Real Madrid. Terminó la farsa constituyente y comienza el carnaval electoral.

Los ciudadanos constitucionalistas vamos a apoyar, como no puede ser de otra manera, a los partidos constitucionalistas el 21 de diciembre pero anticipo que no van a gobernar. Los sondeos publicados indican que la probabilidad de que ERC conforme una mayoría de gobierno es mucho mayor. ¡Ojalá me equivoque! Porque estando firmemente convencido de que el orden constitucional no podrá restablecerse mientras la caja de la Generalitat siga en manos de independentistas, mientras el Estado no desmantele el entramado mediático-asociativo que financia el movimiento nacional-secesionista, y mientras el Estado no asegure la neutralidad del sistema educativo y acabe con la inmersión lingüística, la continuidad de ERC al frente de la Generalitat sería una malísima noticia que llevaría a muchos catalanes a preguntarse si no deberían seguir a Boadella y a las 1.800 empresas que han abandonado Cataluña. Y allá películas.