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En el último número de El Buscador (diciembre de 2014), publiqué mi colaboración mensual, titulada “La letra pequeña”. En este artículo denunciaba el uso sistemático, embaucador, tramposo, torticero y fraudulento de la letra pequeña en los contratos que presentan las entidades financieras y las compañías de seguros a sus clientes. Ahora bien, me quedé corto en la denuncia. El mal es mucho más grave y generalizado. Y se podría hablar de pandemia de la letra pequeña en este patio de Monipodio, en este país de pícaros, que es España.
Hace justo dos años, el pasado 14 de diciembre de 2012, recibí, por correo postal, dos envíos publicitarios: uno, de Iberdrola; y el otro, de la compañía telefónica Orange. Y en ambos mensajes, además de la letra grande para engatusar y camelar al consumidor, hay su correspondiente dosis de letra pequeña para embaucar, engañar, estafar,… y llevarse al huerto a las víctimas propiciatorias, los incautos y confiados consumidores.
Con los mensajes publicitarios, según la teoría de la comunicación elaborada por el lingüista ruso Roman Jakobson (cf. ensayo “Linguistique et poétique”, in Essais de Linguistique Générale), se intentan conseguir varios objetivos o desempeñan varias funciones. Por un lado, informan sobre la existencia de un nuevo producto (función referencial). Por el otro, sirven para influir, animar y empujar a los lectores cándidos a consumir el producto dado a conocer (función conativa o incitativa). Y para conseguir lo primero (informar) y, sobre todo, lo segundo (empujar a consumir), los creativos de las empresas de publicidad cuidan y miman la redacción (función poética) y la edición o mise en page (función fática) de los mensajes publicitarios.
Los mensajes de Iberdrola y de Orange, a los que he hecho referencia ut supra, son ejemplos prototípicos o paradigmáticos, que ilustran la teoría de Roman Jakobson y que están en la base de nuestra sociedad de consumo compulsivo y desenfrenado, y del engaño sistemático de los consumidores. En los mensajes de Iberdrola y de Orange, como no podía ser de otra manera, se da una de cal, en letra grande; y otra de arena, en letra pequeña.
Iberdrola ofrece, en letra grande, un ahorro en la factura del gas (-30%) y de la luz (-10%). Para ello, solo había que llamar a un teléfono 900 (gratis), o entrar en una web o visitar uno de los establecimientos colaboradores. Esta manzana de Iberdrola es muy tentadora y, sin duda, va a cautivar y embelesar a muchos Adanes. Ahora bien, la manzana de Iberdrola está “forona” (como dice mi tía Carmina, la de Almagarinos), i.e. tiene el gusano letal dentro. En efecto, en letra pequeña está el engaño y, también, el castigo para el incauto y confiado consumidor: los ahorros en la factura del gas se producirán solo si se contrata un servicio de mantenimiento de gas, solo durante 12 meses y, ¡cuidado!, si el Adán de turno no permanece 12 meses, penalización al canto. Además, los descuentos para la luz tienen dos condiciones: solo hasta el 31.01.2015 y solo si se contrata el Plan Hogar Electricidad. Y no entro, hoy, en el análisis lingüístico del lenguaje farragoso y opaco utilizado en la letra pequeña ilegible.
Orange es otra Eva tentadora, que intenta también hacer pecar a sus clientes con teléfono prepago, con guiños (o anzuelos) “conativos” en letra grande y con fotos de móviles: renueva tu móvil al mejor precio, con un 20% de descuento y hasta 261 € por tu móvil usado. Todo es muy fácil y rápido: entra en la web de Ogrange, elige un terminal y, en 48h., recibirás tu nuevo terminal; y “Tu vida cambiará con Orange”, según reza el lema de la campaña. Ahora bien, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (terminales con prestaciones de última generación: táctiles, acceso a Internet, cámara de fotos), se intenta enjaretar o endilgar la “tarifa Delfín” (4,24 € semanales, para tener acceso a Internet), a aquellos usuarios que tienen teléfono prepago y que lo utilizan de higos a brevas (en viajes y poco más, como es el caso del que suscribe), creando una necesidad donde no la había ni la hay.
Acabo de poner el dedo lingüístico en las llagas de la letra pequeña de Iberdrola y de Orange. En ambos casos, sus propuestas-ofertas están tan condicionadas, en la letra pequeña, que más que una oferta son un engaño en toda regla. Ante este llover sobre mojado y siempre sobre el desprotegido y cándido consumidor, ¿dónde está la Administración, en qué ocupa su tiempo de trabajo o su tiempo libre, o qué piensa hacer para poner coto a tanto Alí Babá de cuello blanco que anda suelto por este país de pandereta?
Ante la realidad descrita, habría que rectificar y adaptar la máxima de Anaxágoras que reza así: “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía”; y escribir en su lugar: “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es de la Administración (poder ejecutivo, legislativo y judicial)”, que ha hecho dejación de sus funciones y que no proporciona, a los consumidores, ninguna tutela, ninguna protección, ni ninguna seguridad en las actividades comerciales. Y si la Administración no proporciona seguridad, que es su principal función, yo me pregunto e invito a mis lectores a preguntarse: ¿para que queremos la Administración?

© Manuel I. Cabezas González
www.honrad.blogspot.com