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El único verdadero viaje, el único baño de juventud sería el de no andar hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos.
Marcel Proust, ‘En busca del tiempo perdido’.

Escribir sobre Roma es como echarse una carrera, montado en bicicleta, sobre la cuerda floja y malabar de un circo. El gran circo romano, Circo Máximo, escaparate antiguo y moderno donde nos hemos visto reflejados tantas veces.

Tanto se ha escrito sobre esta ciudad, que a uno le entra como pánico al intentar contar algo ‘original’ sobre ella, lo cual es un ejercicio de titanes o gladiadores. Sin embargo, siempre puede resultar estimulante y atrevido adentrarse en la ‘Ciudad Eterna’, tal vez con la mirada inocente de un niño que se asombrara de cuánto ve, escucha y degusta. A uno, en todo caso, le gusta escribir sobre aquello con lo que está o cree estar familiarizado, y Roma es una de esas ciudades en las que uno se siente como si estuviera en casa.
Roma es, incluso en la actualidad, una ciudad hecha a escala humana, pintada con los colores terrosos de la piel y el naranja tostado de la carne humana. Hay ciudades, como es el caso de la capital italiana, en la que nada más poner los pies, te sientes cautivado. Hay un aroma especial, natural, impregnado por la pasta, las pizzas y el café, un clima extraordinario y un colorido que te invitan a quedarte. A uno, dicho sea de paso, le gustaría quedarse a vivir en Roma una temporada.

Desde que visitara esta ciudad en 1988, en un viaje iniciático por Italia, he estado en ella varias veces. A lo mejor es cierto eso de que, quien arroja una moneda a la Fontana de Trevi, vuelve a Roma. En realidad, esto no deja de ser una superstición. Pues uno solo cumplió con este ritual la primera vez. Luego uno ha vuelto a Roma sin haber lanzado la moneda a la fuente porque lo que se quiere de verdad a menudo se suele conseguir. Hubo un tiempo en que sentía devoción por Italia, y acostumbraba a viajar a este país todos los años. ¿Quién no se siente a gusto en un país hermano? Un país tan próximo en cultura, lengua, forma de ser y entender la realidad. Ahora he vuelto a recuperar el gusto por este país, y esta ciudad de ciudades. Roma es como la mamá que uno siempre lleva presente en el corazón.
“Roma, cuerpo de diosa litográfica y fuerte, ruina y mitología, temperatura de oro”, según Umbral.

Roma cinematográfica.
roma coliseoA uno le gusta Roma, incluso sin haber estado nunca en ella, como diría el mago Fellini acerca de Viena. Y aunque esto parezca una tontería, no lo es tanto, habida cuenta de que Roma está presente en el subconsciente, allí donde van a parar las imágenes, desde que uno era un niño. La Roma de Fellini, Pasolini, Rossellini, De Sica, ‘Vacaciones en Roma’, de Wyler, y aun la mirada poética de Greenaway acerca de la arquitectura romana han calado hondo. Roma forma parte de nuestro imaginario colectivo. Cuando uno visita su foro, el Coliseo, el Capitolio, sus monumentos milenarios, su Vía Appia Antica siente como escalofríos. Es una emoción tan intensa que te ayuda a repensar tu realidad y la historia al completo. Mas no es solo la Roma antigua, monumental, la Roma Imperial y Papal, la que logra estremecerte, sino la Roma que tienes ante tus ojos, la Roma que saboreas, las diferentes Romas que han quedado en pie para regocijo de oriundos y viajeros: Aurelia, San Pietro, Trastevere, Ostiense, Tuscolana, Tiburtina, Termini.
Cuando uno llega a la capital Imperial en tren desde el norte del país va adentrándose poco a poco en cada una de esas Romas hasta llegar a la legendaria y cinematográfica Estación Termini. Y es que Roma llegó a ser, además de capital mundial, cargada de historia, la ciudad del cine, la Cinecittà de Europa. Desde que Fellini nos dijera adiós, Cinecittà ya no es ni su sombra. Pero aun así merece una visita, sobre todo para aquellos amantes del séptimo arte.

Cinecittà
Roma es en sí misma un gran plató de cine. Es probable que sea una de las ciudades más filmadas del mundo. Fellini llegó a reinventar Roma en algunas de sus magistrales películas como ‘La dolce vita’ y la propia ‘Roma’. Anita Ekberg surgida como una loba o matrona capitolina de la Fontana de Trevi es una escena que ha quedado grabada en la retina de la memoria de cualquier cinéfilo. Y es que Roma tiene mucho de ‘Mamma’. Por otra parte, está la propia ciudad del cine (Cinecittà) a las afueras de la capital, en el sureste, a la que se puede llegar en metro. En esta grandiosa ciudad del cine rodó Fellini gran parte de sus películas, incluso construyó en plató la famosa Vía Vittorio Veneto, que sigue siendo una de las vías más animadas y lujosas de la ciudad.
Para acceder a Cinecittà se necesita un permiso previo, aunque uno siempre tiene la posibilidad de darse una vuelta por los alrededores y echar algún vistazo al interior. Enfrente de Cinecittà está el antiguo Centro Sperimentale di Cinematografía, hoy Escuela Nacional de Cine, donde se han formado grandes directores del cine italiano, y algunos prestigiosos del cine latinoamericano como es el caso de Julio García Espinosa o Gutiérrez Alea, alias Titón. Incluso García Márquez, el premio Nobel, llegó a estudiar en este centro, que fundara el ‘Duce’.

Calles, callejuelas, fuentes y plazas
Roma, aunque sea una ciudad grande, está hecha para pasearla y recorrerla a pie o en vespa. Como vemos a Moretti en ‘Caro Diario’. A medida que uno la recorre se va encontrando con calles, callejuelas, fuentes y plazas únicas, porque Roma es sobre todo una ciudad de fuentes y plazas o de plazas-fuente. Roma es la ciudad del agua, y por supuesto del agua potable. No en vano tuvieron la ingeniosa idea de construir esa ciudad en lugar tan privilegiado, y a tan pocos kilómetros de la Playa de Ostia. En cualquier esquina, calle o plaza te topas con una o varias fuentes, y eso se agradece mucho, más que nada en verano, que suele atizar el sol.

Roma es sin duda la capital de las fuentes y las plazas, algunas realmente hermosas y pintorescas: la fuente de los Cuatro Ríos en la Piazza Navona, la del Tritón en la plaza Barberini y, al pie de la Escalinata de la Trinidad del Monte, la Fuente de la Barca, obras del maestro Bernini, la de las Náyades en la República, la mítica Fontana de Trevi, las Cuatro Fuentes, que representan al Nilo, al Tíber, a Juno y a Diana. O una sencilla y retirada que hay en el Trastevere, en Vía della Cisterna, que es una cuba de la que brota el agua.
roma 1 imagen 1Uno siente especial predilección por Campo dei Fiori, donde por cierto hay dos fuentes, además de la imponente estatua de Giordano Bruno. Campo dei Fiori, sin llegar a ser un lugar muy visitado por turistas y viajeros, es una plaza popular, en la que montan un mercado de frutas, y donde uno puede saborear un excelente cappuccino en el café Magnolia al precio increíble de 0,90 céntimos (habló de hace tiempo, claro está). Por supuesto, uno debe tomarlo en barra, si no quiere que le encasqueten tres o más euros en terraza. La picaresca italiana está a la orden del día. La clave, como todo en esta vida, consiste en andar despierto. Aquí y allá. Y al lado de Campo dei Fiori está la Bruschetteria de la Via dei Giubbonari, en la que se comen deliciosas pizzas al taglio. La caprese, en particular, está muy buena. Tan buena como la rubiecita que te las corta y calienta en el horno. Otra calle mítica y chic es la Vittorio Veneto, donde están algunos de los mejores bares y restaurantes de la ciudad. Esta es la vía por excelencia de La dolce vita, el ‘dolce far niente’, la calle en la que Fellini rodara algunas de sus mejores secuencias, la calle del Café París, cuya entrada está repleta de fotos del gran cineasta italiano. Hay incluso una placa, al lado del Café París, dedicada al maestro:
“A Federico Fellini che fece di Via Veneto il teatro della dolce vita” (20 Gennaio 1995). También al cineasta le han dedicado el Largo Fellini, que está al final de Vía Veneto, en el límite con Villa Borghese (Continuará).

Manuel Cuenya