“El Bierzo sigue componiendo una geografía mágica, acerada por una benevolencia ecológica”

(Sánchez Dragó)

“Toda nuestra geografía, desde Balouta a Compludo, desde Dehesas a Foncebadón, está signada por el temblor mistérico de un humilde iluminismo”

(Juan Carlos Mestre)

El Bierzo, otrora Vierzo, antaño provincia, voluntarioso de región, quinta provincia gallega en potencia, “País encantado… y fecundo en antiguas memorias”, coyuntura galaico-castellana, tierra de maquis, territorio de templarios, Bierzo historiado por Estrabón y Plinio el Viejo, saqueado de oro y de carbón, tesoro para etnólogos, cruce de culturas y caminos, Camino de Santiago, zona para el regocijo y la meditación, Bierzo mágico y legendario en lo que tiene de supersticioso y trascendental, donde las ánimas conversan con los vivos, en ese valle del silencio, como en un buen relato de Rulfo.

El carnaval o los zarramacos

En la obra La Pícara Justina se habla de los zancarrones (“danzantes baratos que de casa del dianche sacan a danzar unos zancarrones, que es danza de mucho ruido y poca costa”).

Curiosamente, en un pueblo como Noceda del Bierzo la gente conoce el carnaval con el nombre de zarramacos. “¿Rapacín, ya vas a correr los zarramacos?”, suelen decir los nocedenses cuando un chaval se viste o disfraza de carnaval.

En el Bierzo Alto, en época de esplendor minero, era habitual que los guajines se enfundaran en un mono o funda, y, provistos con un candil, salieran a la calle a “correr los zarramacos”.

Antaño, los mozos y las mozas salían a la calle disfrazados de zarramacos, que consistía en ponerse una ropa esfalamendrada, rota y deslucida. Ataviados con una chambra o blusa, una cerrona o cerrón (bolsa) para meter el dinero, y calzados con abarcas, abarqueiros o escarpines, los rapacines se dedicaban a picar en las puertas de los vecinos para pedirles dinero, que luego se repartían entre todos los participantes.

En el Bierzo Alto, en época de esplendor minero, era habitual que los guajines se enfundaran en un mono o funda, y, provistos con un candil, salieran a la calle a “correr los zarramacos”.

No sólo en los carnavales sino también en algunas romerías del Bierzo era y aún es habitual ir por las casas de los vecinos a pedir huevos, vino y dinero para al día siguiente hacer ponche, que luego tomará el personal mientras baila una jota al son del tambor y la chifla de un tamboritero, y a veces a ritmo de pandereta.

El ponche era/es una suerte de licor dulzarrón, hecho a base de vino, huevos batidos y azúcar en dosis considerables. Todo ello sabiamente mixturado.

También en Noceda del Bierzo, según gustaba contar a la ya desaparecida maestra y poeta Felisa Rodríguez, era habitual el disfraz de vaca foira, que consistía en que dos personas se disfrazaban como si fueran una vaca o toro y se dedicaban a recorrer el pueblo metiéndole miedo a la gente. En la parte delantera colocaban una máscara de vaca o toro con cuernos, y en la parte trasera un rabo.

En otros tiempos, la gente en Noceda empleaba a menudo la expresión: “pareces una vaca foira” para decirle a alguien que estaba chalado, como una chancleta.

En Santibáñez del Toral, también en el Bierzo Alto, los jóvenes se disfrazaban e iban a casa de los vecinos a pedir posada. Si eran reconocidos no pasaba nada, pero si no lo eran tenían derecho a alojarse en la casa hasta el día siguiente, según escriben Alonso Ponga y Diéguez Ayerbe en El Bierzo: etnografía y folklore.

Por otra parte, en Oencia se ponía el palo del antroido, y en lo alto del mismo se colocaba un espantajo que se quemaba el martes de Carnaval.

Y en la localidad de Castropodame los mozos se tiznaban la cara y recorrían las calles a ritmo de tambor con un chaval subido en un burro cual si fuera un monigote.

No sólo en el Bierzo, sino también en las vecinas Galicia, Asturias, La Maragatería, incluso en pueblos de Zamora y aun otros de León como Oseja de Sajambre, el carnaval se conoce como entroido, introido, antroido, antroxu, antruejo, antruexo y las variantes de entruido, entrudo y entrudio en el hermano pueblo de El (O) Barco de Valdeorras.

El carnaval se conoce como entroido, introido, antroido, antroxu, antruejo, antruexo y las variantes de entruido, entrudo y entrudio en el hermano pueblo de El (O) Barco de Valdeorras.

Prolífica y achispada es la literatura en torno al carnaval. Quevedo, Mateo Alemán o el Arcipreste de Hita son sólo algunos de los ejemplos a seguir en su hacer carnavalesco, a sabiendas, como nos recordara el filósofo Nietzsche, que “todo espíritu profundo tiene necesidad de un disfraz”. Y es que en el fondo, y bien mirado, no somos más que máscaras de carnaval.

Carnaval botillero

El invierno berciano es propicio para organizar festivales y convites botilleros.

Salta a la vista que a los bercianos nos fascina zampar. Y zampar, a ser posible, bien. A lo grande. Nada de pijadinas. A un berciano no se le engaña el estómago con cualquier mariconada.

No hay más que comer un botillo para que te salgan los fríos del pellejo y se te curen los resfriados, aseguran algunos entendidos en la materia.

La comida es algo que nos hace sentir a gusto. ¿A qué tontuelo le amarga un dulce? Me da la impresión de que los bercianos somos como los romanos clásicos de la postmodernidad. Si bien en la Roma actual no tengo noticias de que se “jante” botillo.

El invierno, que suele ser algo crudo por estos pagos bercianos, sobre todo por los altos, se sobrelleva metiéndole mano y boca a las carnes picantes, sazonadas con pimentón. Es ésta una buena f

orma de entrar en calor. No hay más que comer un botillo para que te salgan los fríos del pellejo y se te curen los resfriados, aseguran algunos entendidos en la materia.
Al final, va a resultar que el botillo es el remedio casero a nuestros males sagrados, medicina infalible, terapia eficaz a nuestras ansiedades existenciales.

En el Bierzo, en todo caso, es época de botillo.

 

| MANUEL CUENYA
Escritor / Profesor de la ULE

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