miércoles. 29.06.2022

  

Algo bueno está por llegar

Hoy mi amigo de San Quirico tiene prisa y me hace desayunar a marchas forzadas, porque quiere llevarme a rezar. Me explica que hay una Virgen en medio del monte, y que él va a verla de vez en cuando y que hoy le tengo que...


 

 

 Hoy mi amigo de San Quirico tiene prisa y me hace desayunar a marchas forzadas, porque quiere llevarme a rezar. Me explica que hay una Virgen en medio del monte, y que él va a verla de vez en cuando y que hoy le tengo que acompañar. Y allá voy.


Lo que pasa es que por el camino, le da por filosofar y por preguntarme qué beneficios nos traerá la crisis. Bueno, la pregunta no es exactamente así, porque adorna la palabra crisis con un adjetivo impublicable.


Está alicaído. Dice que esto no lo arregla nadie, que lo económico se enderezará algún día, porque sí. Que nadie sabrá por qué y que todos se apuntarán el tanto. Que unos dirán que ya lo sabían y otros que también. Y todos dirán que ha salido gracias a ellos. Y que acabaremos haciéndoles varios homenajes. Organizados por ellos mismos, por supuesto, con gran asistencia de crítica y público.


Mi amigo dice que esto le recuerda otros tiempos, pero aquí le corto, porque no quiero que siga con las comparaciones. A éste, cuando le da nostálgica, no hay quien le aguante.


Dice que no aprenderemos nada de esta mala  época. Que en cuanto los bancos paguen esas deudas de unos cuantos euros que tienen y se animen a dar crédito, desempolvaremos las tarjetas y hala, a sacarles chispas otra vez. Y a comprar productos financieros extraños (me dice que ya los están fabricando) y a comprar toda clase de chismes que no sirven para nada, pero que nos hacen quedar muy bien delante de nuestros amigos. Y a hacer tonterías, como siempre. Y a irnos a las Seychelles a comprar camisetas, que, aunque están hechas en Mataró, allí quedan muy monas.

Seguimos andando por el monte y le digo que soy optimista. Que estoy seguro de que vamos a redescubrir valores de fondo, de esos que hacen que, cuando ves a alguien que los tiene, dices que te gustaría ser así cuando seas mayor.


Que estoy seguro de que, a partir de ahora, recuperaremos un valor, que es el de la no tontería. Que alguien le llama austeridad, pero yo prefiero llamarle de la otra manera, porque así lo entiendo mejor. A mi amigo le gusta. Dice que conoce gente que hizo tonterías cuando las cosas le fueron bien y ahora sudan y sudan y sudan para llegar al día 6 de cada mes. Le digo que se dice que no llegan a fin de mes. Y él me dice que cuando él dice el día 6, quiere decir el día 6. Que los otros 24 días, o 25, según los meses, no sabe cómo los pasan. Pero los deben pasar, porque él les sigue viendo por la calle, aunque le da la impresión de que ahora pasean más que antes, porque pasear es gratis.

Como veo que se está animando, le digo que vamos a redescubrir que lo del pelotazo está muy bien, sobre todo si eres el que lo das, pero que dedicar toda tu vida a esperar que llegue te debe poner nervioso, porque yo conozco mucha gente a la que todavía no le ha llegado y, peor todavía, que no tiene aspecto de que le llegue.


Que eso hará que nos demos cuenta de que hay que trabajar mucho. Que igual hay que abrir la tienda el sábado por la tarde, porque, como aparezcan dos clientes, nos pueden resolver la semana. No le cuento el horario que teníamos en Sastrería La Confianza, la tienda de Zaragoza en la que empecé trabajar, porque dirá que los que mandaban allí eran unos negreros. Y como yo era uno de ellos, prefiero no hablar.


En otra tertulia, me dicen que con esto de la crisis, se llevan mucho los abuelos canguro. En mi caso, no puedo cumplir con esta obligación, porque si tuviera que hacer de canguro de mis 40 nietos, duraría dos días. Pero me parece que también hay que replantearse si los abuelos hacen de canguro porque es necesario o porque algunos hijos se han vuelto un poco egoístas y piensan que también tienen derecho a descansar de vez en cuando, derecho que, por supuesto, niegan a sus padres, que para algo se han jubilado.


Seguimos andando, mientras él escucha mi rollo. Al cabo de poco, me dice: “ya hemos llegado”. Pues sí. Allá en el monte hay una Virgen muy guapa, con muchas flores. Mi amigo se conoce muy bien el lugar. Se nota que va con frecuencia. Llega allí y se calla y reza. Me admiran las flores. Parece que la Virgen tiene muchas visitas. Y aquel lugar no cae de paso. Hay que ir.


Estamos un rato. Mi amigo mira el reloj y dice que tiene que volver a su despacho.


Vuelve contento. Me dice: “o sea, ¿que tú crees que eso del redescubrimiento de los valores va en serio? ¿Que de ésta saldremos hechos mejores personas? ¿Que desaparecerán los sinvergüenzas?”.


Le aclaro que no, que los sinvergüenzas no desaparecerán. Que ya firmaría por que hubiera unos pocos menos. Pero que, en general, esto va a ser bueno. En general quiere decir para la gente normal, esa que se da cuenta de que lo de todo vale no es verdad y que el todo vale nos ha llevado a esta situación y que no puede ser que eduquemos a nuestros hijos en el todo vale, porque van a ser unos desgraciados. Quizá con mucho dinero, pero desgraciados. Porque con mucho dinero, se puede ser muy desgraciado. Yo conozco más de uno, que, muy triunfador muy triunfador, pero me da pena, porque, como dice un amigo mío, “es tan pobre que sólo tiene dinero”.


Leopoldo Abadía (cotizalia.com)

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