Un eco profundo del alma andaluza: Duquende, leyenda viva del flamenco, regresa a León tras el éxito cosechado en su concierto del pasado mes de enero con la Banda de Cornetas y Tambores Santísimo Cristo de la Victoria en el Auditorio leonés. En esta ocasión su intención es bordar con su voz el capote de Morante de la Puebla, que mañana hará el paseíllo en la plaza de toros del Parque. Una gesta que llega en uno de los mejores momento del torero sevillano y que quedará grabada en el alma de los aficionados que el domingo podrán vivir una tarde única.
El torero sevillano compartirá cartel con David Fandila ‘El Fandi’ y Cayetano. La ocasión merece un marco especial: se espera que Morante llegue al coso en un coche de caballos, como dictan las esencias clásicas, mientras desde el tendido el cante de Duquende fluirá como un río hondo que acompaña, alienta y envuelve el arte del ruedo.
No es nuevo este maridaje entre el flamenco y el toreo en la vida de Morante. Ya lo vivió hace casi una década, cuando compartió arena y alma con Diego el Cigala en Lisboa. Mañana, ese hechizo sonoro volverá a tejerse en León, en un acto de reverencia a la tradición y a la belleza.
Duquende: una leyenda viva del flamenco
Juan Rafael Cortés artísticamente Duquende no es solo un nombre: es un legado. Fue Camarón de la Isla quien, viéndolo apenas un niño, lo llamó al escenario y le abrió la puerta grande del cante. Desde aquel debut precoz, su voz ha cruzado fronteras y generaciones. Obras como Fuego, primo fuego, Samaruco o Rompecabezas han cimentado una trayectoria jalonada de respeto, profundidad y alma.
Ha cantado en los templos del arte —el Palau de la Música de Barcelona, el Théâtre des Champs Élysées de París, el Central Park de Nueva York— y fue elegido por el maestro Paco de Lucía para acompañarle en sus giras internacionales. Un gesto que dice más que cualquier elogio.
Mañana, su voz volverá a alzarse, no desde un teatro sino desde el corazón del tendido, donde se funden tierra y arte. Será un cante para el toreo, para Morante, para la emoción. Y León será testigo de esa liturgia donde el flamenco no adorna, sino que acompaña, siente y se hace parte del arte total.
