Su hija se puede morir
Jarifa Madrid
8 de octubre de 2025, 19:13
Cuando era adolescente, leí un libro de Amin Maalouf "León el Africano", lo recuerdo porque se me quedó grabado en la memoria una frase "no hay dolor más fuerte para una madre el de ver a un hijo morir" si bien, el chat gpt niega que sea de esta o cualquier obra literaria.
Quizás lo leyera en otro libro o fuera una reflexión, la cuestión es que esa frase ha estado presente en mi cabeza y el día que me martilleó con mayor fuerza, fue el día que la psiquiatra de mi hija en su primera consulta, me dijo “su hija se puede morir”. En ese momento, mi mundo se paralizó y me abordo un sentimiento de miedo y esa frase cobró mayor fuerza en mi memoria.
A partir de ese día, comenzó un periplo y una lucha por la supervivencia, dado que antes de esa consulta no éramos consciente del peligro y del riesgo que sufría. Desde ese momento hasta su ingreso en la unidad de trastornos de la conducta alimentaria, mi vida se convirtió en una lucha, lucha porque comiera, lucha por seguir adelante, lucha por no desmoronarme, lucha por mi vida, lucha por aparentar normalidad cuando por dentro estaba rota. Su ingreso, aunque suene egoísta fue un alivio, aunque era un parche temporal porque no sabía a lo que me enfrentaría después. Su ingreso significaba un pequeño respiro en el hogar, donde no se oían gritos, llantos, ni discusiones por la comida, por las horas delante del libro estudiando, por ver cómo tu hija se va apagando poco a poco y tú no puedes hacer nada.
Semanalmente íbamos a la consulta de la psiquiatra y unas semanas aumentaba 200 gramos, a la otra se estancaba, a la siguiente bajaba y así sucesivamente. Durante esos dos meses aproximadamente que pasaron desde la primera consulta a su ingreso, me fui apagando por dentro, el consumo de tabaco no hacia mas que aumentar por la ansiedad que tenía y aunque comía más de la cuenta para ser un ejemplo llegué a perder unos 3 kilos en dos semanas. Mi cabeza iba a 1000. Cuando estaba sola sólo quería emborracharme, dormir y olvidarme de todo lo que estaba pasando. He tenido que escuchar de su boca y por mensaje frases desagradables que no quiero recordar, pero que me iban haciendo mella. Sé que no hablaba ella, hablaba su enfermedad.
A todo esto, hay que sumarle el sentimiento de culpabilidad que te invade ¿cómo no me daría cuenta antes?, ¿por qué no hice caso a mi madre cuando me dijo que la niña estaba mal?, ¿cómo he podido pasar por alto las señales? Y ¿de qué sirve culpabilizarse? De absolutamente nada.
El trastorno de la conducta alimentaria es un trastorno en el que intervienen muchos factores, no hay un único factor, sin embargo hay algo que comienza de una manera inocente y es el querer adelgazar unos kilos para estar más delgada o poder ponerme la talla S o la talla XS y cuando quieres darte cuenta, de un modo silencioso la enfermedad te ha atrapado.
A quien corresponda tomar cartas en este asunto. Si bien el TCA no es una enfermedad -de momento- con una incidencia muy alta, que tengan claro que esto está aumentando progresivamente y lo que es peor con una incidencia en edades muy tempranas, ya se están produciendo ingresos de niñas y niños de 8 años -espeluznante- y no piensen que es una enfermedad únicamente de adolescentes, también afecta a personas adultas.
Y si no lo sabían, esta es una enfermedad que quiere muertos a los y a las pacientes, ya sea de modo natural o no. Y las pacientes cuando más desnutridas están, paradójicamente más gordas se ven y entran en un círculo vicioso del que es complejo salir.
Pero está demostrado que hay un elevado porcentaje de pacientes que salen, aunque sea un proceso lento, tortuoso y difícil. Y en ocasiones para toda la vida.
