¿Dónde he puesto las llaves?

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Los olvidos cotidianos forman parte de la normalidad según nos hacemos mayores, pero existen muchas estrategias que podemos llevar a cabo para minimizarlos, aquí te contamos algunas fáciles y prácticas.

¿Cómo se llamaba esta persona?, ¡si es que lo tengo en la punta de la lengua!
Seguro que alguna vez te has hecho estas preguntas. Pero, ¿por qué nos pasa?, ¿debemos preocuparnos?.

Estos fenómenos han sido ampliamente estudiados en la psicología y se conocen como olvidos cotidianos. Este tipo de olvidos forman parte de la llamada Memoria Cotidiana, que es un tipo de memoria de acontecimientos y tareas que realizamos en nuestro día a día.

Recordar nombres de personas, de hechos recientes, el lugar donde se han dejado las cosas, dar recados, acudir a citas, apagar el gas o cerrar la puerta… son algunos ejemplos de memoria cotidiana.

La alteración de estas actividades se consideran distracciones, despistes u olvidos benignos, que es normal que se produzcan y que los investigadores han englobado bajo el nombre de ‘Pérdida de memoria asociada a la edad’. Por tanto, este tipo de olvidos forman parte del envejecimiento cerebral normal y no hay por qué alarmarse.

Pero el hecho de que los olvidos cotidianos formen parte de la normalidad según nos hacemos mayores, no significa que no podamos hacer nada para reducirlos.

Existen muchas estrategias que podemos llevar a cabo para minimizar los olvidos frecuentes. ¡Vamos a ver algunas de ellas!

En la punta de la lengua

En alguna ocasión hemos oído hablar del fenómeno de “la punta de la lengua”, que se produce cuando creemos tener el recuerdo de una palabra, pero no podemos pronunciarla. Sabemos lo que queremos decir, pero nos es imposible acceder a ella. Esto sucede porque dentro del propio proceso de envejecimiento, las vías que unen determinados conceptos se debilitan y al intentar recuperar una palabra del almacén de memoria en el que está, se pierde por el camino, por eso notamos que está ahí, pero algo nos impide acceder a ella y decirla.

Una buena estrategia para reducir este fenómeno es buscar palabras que se parezcan a la que queremos decir, tanto en significado como que suenen parecido, o también intentar explicar el concepto con otras palabras. Esto nos ayudará a reforzar los caminos que unen a las palabras.

Acciones automáticas

¿Quién no ha dudado alguna vez al salir de casa de si ha apagado la luz o ha cerrado la puerta con llave?

Éste sería otro ejemplo de olvidos cotidianos que entrarían dentro de la categoría de acciones automáticas, ya que las repetimos con tanta frecuencia que nuestro cerebro las automatiza.

Cuando esto ocurre, dejamos de prestar atención al realizarlas, lo que impide su memorización y el posterior recuerdo de si las hemos hecho o no.
Una solución para este tipo de olvidos consiste en desautomatizar las acciones, es decir, prestar atención voluntariamente al realizar la acción y verbalizando lo que estamos haciendo, por ejemplo “estoy cerrando la puerta”.

Los nombres de personas

El recuerdo de nombres es otro de los olvidos más frecuentes…¡y qué ¡más apuro nos da! Pero, ¿por qué pasa? La explicación es sencilla: se produce porque los nombre de personas tienen menos asociaciones que los de cosas, por eso llegar a ellos es un camino más complicado, ¡pero no imposible!

Para solucionar este tipo de olvidos es recomendable utilizar la asociación. Por ejemplo, asociar el nombre de Luis a que lleva gafas y se llama como mi sobrino que es pescadero. Así tendremos más elementos asociados a su nombre y nos será más fácil recordarlo.

Ya hemos visto que los pequeños olvidos y fallos de memoria son algo común y normal según vamos cumpliendo años, y hemos aprendido algunas estrategias para reducir o minimizar su aparición. Así que… ¿a qué esperáis para ponerlas en práctica?

Mª del Carmen Pita González
Clínica de Memoria Zamora
Fundación Intras

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